A continuación sacó la botella de vino medio vacía, vertió el resto del tinto en el río y dejó caer la botella junto a las patas del caballete. Pobre Beatrice. Demasiado vino, un paso descuidado, una caída en las aguas heladas y un lento viaje hacia el mar abierto.

Causa de la muerte: supuesto ahogamiento, presumible accidente.

Caso cerrado.


Seis horas después, la furgoneta dejaba atrás la aldea de Whitchurch, en las West Midlands, y torcía por un áspero camino que bordeaba la linde de un campo de cebada. La sepultura había sido excavada la noche anterior, lo bastante honda como para ocultar un cadáver, pero no lo suficiente como para que no pudiera descubrirse nunca.

La asesina arrastró el cuerpo de Beatrice Pymm desde la parte posterior de la furgoneta y luego le quitó las ensangrentadas ropas. Cogió por los pies el cadáver desnudo y lo llevó a rastras hasta la tumba. Regresó entonces a la parte trasera de la furgoneta y tomó tres cosas: una maza de hierro, un ladrillo de color rojo y una pala pequeña.

Aquella era la parte de la misión que más le aterraba; por varias razones, era peor que el propio asesinato. Soltó los tres objetos junto al cadáver e hizo acopio de valor. Combatió como pudo la oleada de náuseas, empuñó la maza con la mano enguantada, la levantó y la abatió con fuerza para aplastar la nariz de Beatrice Pymm.


Cuando todo estuvo cumplido, apenas tenía ánimo para mirar lo que quedaba del semblante de Beatrice Pymm. Utilizando primero la maza y después el ladrillo había convertido la cabeza de la víctima en un amasijo de sangre, tejido, huesos destrozados y piezas dentarias rotas.

Había logrado el efecto que pretendía: las facciones quedaron borradas, el rostro irreconocible.

Había hecho todo lo que le ordenaron que hiciese. Ella tenía que ser distinta. La habían entrenado en un campamento especial a lo largo de muchos meses, durante un período bastante más prolongado que el de otros agentes.



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