Susan no reconoció a su antiguo rival inmediatamente, en parte porque él había aumentado diez centímetros de estatura y era, por primera vez, más alto que ella. Hasta que le ofreció una copa de vino y Michael comentó: «Al menos esta vez no me la has tirado encima», no se dio cuenta de quién era el joven alto y apuesto.

– Dios, creo que me comporté de una manera horrible -dijo Susan, con la ilusión de que él lo negara.

– Sí, lo hiciste, pero supongo que me lo merecía.

– Puedes estar seguro de ello -afirmó ella, y se mordió la lengua.

Hablaron como viejos amigos y Susan se sorprendió al percibir cierta decepción cuando una compañera de Georgetown se reunió con ellos y comenzó a coquetear con Michael. Aquella noche no volvieron a cruzar palabra.

Michael la llamó al día siguiente para invitarla a ir a ver La costilla de Adán, de Spencer Tracy y Katharine Hepburn. Susan ya la había visto, pero se oyó a sí misma decir que sí; después le costó creer que hubiese dedicado tanto tiempo a probarse vestidos antes de que Michael llegara para aquella primera cita.

Susan disfrutó con la película, aunque era la segunda vez que la veía, y se preguntó si Michael le pasaría el brazo sobre los hombros cuando Spencer Tracy le daba un beso a Katharine Hepburn. No lo hizo. Pero cuando salieron del cine, él la cogió de la mano en el momento de cruzar la calle y no la soltó hasta que llegaron a la cafetería. Allí fue donde tuvieron su primera pelea, bueno, digamos desacuerdo. Michael confesó que votaría a Thomas Dewey en noviembre, mientras que Susan dejó bien claro su deseo de que Harry Truman continuara en la Casa Blanca. El camarero dejó la copa de helado delante de Susan. Ella la miró.



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