El color de su piel cambió para mezclarse mejor con los alrededores, y sus ropas especialmente diseñadas reflejaron los colores a su alrededor, dándole el efecto de desaparecer totalmente en el follaje que le rodeaba, ocultándolo de los ojos curiosos. Por milésima vez miro lejos de los cadáveres que se balanceaban todavía goteando sangre.

– ¿Quién demonios ordena un golpe contra un senador de los Estados Unidos? -preguntó, sus ojos grises como el acero se volvió mercurio turbulento-. Y no cualquier senador, un senador que es considerado como el candidato a vicepresidente. No me gusta esto. No me gustó desde el momento en que nos dijeron quien era el objetivo.

– Demonios, Ken. Este no es un hombre inocente -su gemelo, Jack, contestó, moviéndose con cuidado para conseguir una posición mejor para cubrir la cabaña-. Lo sabes mejor que nadie. No sé por qué demonios estamos protegiendo a este hijo de puta. Quiero matarlo yo mismo. Este es el bastardo que fue el cebo para atraerte al Congo. Él salió y tú fuiste dejado allí para ser cortado en pequeños pedazos y despellejado vivo. -Las palabras fueron amargas, pero la voz de Jack era completamente calmada-. No me digas que no piensas que estaba involucrado. Cualquier persona podía haberlo ordenado. El senador te tendió una trampa, Ken, entregándote al líder de los rebeldes y Ekabela estuvo cerca de matarte. Podría golpearle cien veces y nunca perder el sueño por ello, o mantenerme al margen y dejar que lo golpearan.

– Exactamente. -Ken se giró, teniendo cuidado de mantener los arbustos rodeándolo todavía. Esperaba que la oscuridad hubiera escondido su leve estremecimiento cuando su gemelo sacó a relucir el pasado.



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