
Molesto por esos recuerdos, comenzó a recorrer su despacho. Contempló con gesto ausente las estanterías, repletas de los trofeos que había ganado a lo largo de los años. De las paredes colgaban fotos enmarcadas de él compitiendo, de sus playas favoritas y retratos de su familia. Su tabla de la suerte estaba en un rincón y desde las ventanas que había detrás de su escritorio se dominaba una hermosa vista de la calle principal de la ciudad y del océano a sus espaldas.
Como si necesitara esa unión con el océano que tanto amaba, Jesse se acercó a las ventanas y fijó la mirada en el agua. La luz del sol se reflejaba en el mar e iluminaba a los afortunados que estaban esperando la siguiente ola subidos en sus tablas. Allí era donde él debería estar. Se preguntó cómo había pasado a los despachos, terminando exactamente como su padre.
Sus hermanos seguramente se estaban riendo a carcajadas con sólo pensarlo.
– Aquí en la ciudad hay una tienda con la clase de productos que nosotros deberíamos estar vendiendo -decía Dave.
Jesse casi no lo oía. Estaba dispuesto a hacer el trabajo que se había creado para sí mismo, pero eso no significaba que fuera lo que más le gustara de su vida. Al contrario que el resto de su familia, Jesse se consideraba el polo opuesto a un King. Le gustaba el dinero, pero no vivía para trabajar. El trabajo era sólo eso: trabajo, y le permitía hacer lo que quería. Disfrutar de la vida. Surfear. Salir con hermosas mujeres. No iba a terminar como su padre, un hombre que lo había dedicado todo a la familia King y que jamás había vivido.
– Si quisieras mirar estas fotografías, estoy seguro de que comprenderías que los productos de esa mujer serían un complemento perfecto para King Beach.
– ¿Los productos de esa mujer?
– Sé que no quieres añadir artículos femeninos a la línea, pero si quisieras echarles un vistazo…
