– ¿Por qué se está tomando todo esto tan personalmente? -se preguntó. Jesse no había ido a Morgan Beach con la intención de arruinarle deliberadamente la vida a Bella Cruz.

Había acudido allí por las olas.

Cuando los surfistas profesionales dejaban de cabalgar las olas competitivamente, se instalaban donde pudieran estar en contacto con el mar a lo largo de todo el año. La mayoría terminaba en Hawai, pero, como oriundo de California, Jesse se había decidido por Morgan Beach. Toda su familia seguía viviendo aún en el Estado y Morgan estaba lo suficientemente cerca como para seguir en contacto con ellos, aunque lo bastante lejos de sus tres hermanos para no encontrarse con ellos constantemente. Quería mucho a su familia, pero eso no significaba que quisiera vivir justo a su lado. Por ello, había decidido construirse un pequeño reino allí, en aquella pequeña ciudad. Lo único que impedía que todo fuera absolutamente perfecto para él era Bella Cruz.

– El malvado terrateniente viene a gozar de sus posesiones -dijo una voz femenina, prácticamente en un susurro, desde algún lugar cercano.

Jesse se dio la vuelta y vio a la que era el objeto de sus pesadillas. Estaba agachada detrás del mostrador, colocando una vitrina en la que se exhibía una colección de gafas de sol, chanclas y bolsos de playa. Sus oscuros ojos castaños lo observaban con dureza,

– No está usted armada, ¿verdad? -le preguntó Jesse mientras se acercaba lentamente.

Bella se puso de pie y Jesse pudo contemplar el atuendo que llevaba puesto en aquella ocasión.

Medía aproximadamente un metro setenta, lo que estaba muy bien, porque a Jesse le gustaban las mujeres altas, lo suficiente para que no le entrara tortícolis con sólo besarlas. Por supuesto, no estaba pensando en besar a Bella. Se trataba solamente de una observación.

Tenía el cabello negro y ondulado, que le caía hasta media espalda, enormes ojos de color chocolate y una sugerente boca a la que Jesse aún no había visto esbozar una sonrisa. Era muy bonita. A excepción de la ropa.



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