
Cada vez que la veía, parecía que Bella estuviera a punto de posar para la portada de El dominical los Amish, con amplias camisetas de algodón y largas faldas hasta el suelo. Le parecía bastante extraño que una mujer que se ganaba la vida vendiendo y diseñando trajes de baño femeninos tuviera el aspecto de no haberse puesto nunca una de sus propias creaciones.
– ¿Qué quiere, señor King?
Jesse sonrió con deliberación, ya que conocía bien el poder de su sonrisa. Pero parecía que a Bella no la impresionaba en absoluto.
– Quería decir que vamos a empezar a reformar este edificio el mes que viene.
– Reformar -repitió ella frunciendo el ceño-. ¿Se refiere a derribar paredes, levantar los suelos de madera y retirar las antiguas ventanas de plomo?
– ¿Qué tiene en contra de los edificios con buen aislamiento y buenos tejados?
Ella cruzó los brazos bajo el pecho y Jesse se distrajo durante un instante. Aparentemente, aquella mujer tenía por lo menos un lugar con buenas curvas.
– Yo no tengo goteras. Roben Towner era un excelente casero.
– Sí. Eso he oído. Repetidamente -suspiró.
– Usted podría aprender muchas cosas de él.
– Pues jamás se molestó en pintarle a usted la fachada de su tienda -replicó Jesse.
– ;Y por qué iba a hacerlo? -preguntó ella-. La pinté yo misma hace tres años.
– ¿Me está diciendo que usted eligió pintar la tienda de morado? ¿A propósito?
– Es lavanda,
– Morado.
Bella respiró profundamente y le dedicó una mirada incendiaria. Sin embargo, él estaba hecho de pasta muy dura. Era un King. Y los King no se amilanaban ante nadie.
– Usted no se quedará contento hasta que haya pintado todos los edificios de la calle principal de esta ciudad de beige con los bordes en color óxido, ¿verdad? -dijo ella-. Vamos a terminar vistiéndonos y caminando todos iguales.
