
La puerta de la caravana se abrió y las modelos salieron. Iban muy sonrientes. Jesse las miró a todas cuando pasaron a su lado. Hasta la más delgada parecía tener una bonita figura. La tela se le ceñía al cuerpo y hacía destacar sus curvas. No quería admitirlo, pero Bella tenía razón.
Tom dejó escapar un silbido e inmediatamente comenzó a colocar a las modelos para la sesión. Jesse observaba atentamente y no dejaba de sacudir la cabeza. Estaba sorprendido por la transformación.
¿Dónde diablos estaba Bella? Subió los escalones de la caravana y se asomó al interior.
– ¿Te has arrepentido, Bella? Vamos, deja que te veamos con uno de esos trajes de baño de los que te sientes tan orgullosa…
– Date la vuelta.
La voz de Bella venía desde detrás de él. Jesse no podía entender cómo había logrado pasar a su lado sin que se fijara en ella. Cuando se dio la vuelta y la vio, lo comprendió todo.
No podría haber estado más equivocado.
– ¿Bella?
La miró de la cabeza a los pies una vez y no pudo evitar volver a mirarla, haciéndolo en aquella ocasión con más detenimiento. Aquella mujer tenía curvas suficientes para volver loco a un hombre.
– Vaya -dijo, caminando en círculo a su alrededor-. Resultas…
Había estado a punto de decir «familiar», pero no podía entender por qué. Por lo tanto, sustituyó aquella palabra por «sorprendente».
El biquini que llevaba tenía un color rojo intenso y se le aferraba a las curvas como si fuera las manos de un amante. Tenía los pechos altos, abundantes, una cintura estrecha, caderas redondeadas y, justo por encima del trasero, un pequeño sol tatuado. Su piel era suave, del color de la miel derretida. Su largo y espeso cabello le caía por la espalda y se meneaba con cada uno de sus movimientos. Los enormes ojos de color chocolate lo observaban con satisfacción.
