
– No me importa mucho lo que dicen de mí. Lo que más importa es que estamos haciendo progresos.
– Eso he leído.
– Sólo en el 78 se formaron veintiséis grupos locales de la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza en todo el Estado. La mayoría, el año pasado. ¡Pero todavía no hemos terminado! -Levantó el puño, lo bajó y los labios finos dibujaron una sonrisa apretada-. Desde luego, por eso estoy aquí. Me llegaron noticias de su pueblo. Me dicen que se nos está yendo de las manos.
Agatha suspiró, fue cojeando hasta el escritorio de tapa corrediza apoyado contra la pared trasera de la izquierda, y se hundió en una silla, junto a él.
– Usted vio con sus propios ojos hasta qué punto. Y también puede oír por sí misma lo que pasa en el local de al lado.
Señaló con un gesto a la pared que la separaba de la taberna, a través de la cual llegaban los sones ahogados de «Ángel caído, cae en mis brazos».
La señorita Wilson apretó los labios y alrededor le aparecieron arrugas, como en un budín de dos días.
– Debe de ser penoso.
Agatha se tocó las sienes.
– Por decirlo con discreción. -Movió la cabeza con expresión apesadumbrada-. Desde que vino ese hombre, hace un mes, cada vez; es peor. Tengo que confesarle algo, señorita Wilson. Yo…
– Por favor, llámeme Drusilla.
– Drusilla… sí. Bueno, como le decía, mis motivos para enfrentarme al señor Gandy no fueron estrictamente altruistas. Me temo que sus elogios fueron un poco apresurados. Desde que se abrió la taberna al lado, mi negocio comenzó a tener dificultades, ¿entiende? A las señoras no les agrada pasar por esta acera por temor a que las moleste algún borracho antes de llegar a mi puerta. -Agatha frunció el entrecejo-. Es muy perturbador. Surgen peleas espantosas a cualquier hora del día y de la noche, y como ese Gandy no las permite en su local, el tabernero arroja a los borrachos a la calle.
