Agatha apartó la vista de tan desagradable espectáculo.

¡Por todos los Cielos! Sin duda, todos ellos irían en dirección contraria al cielo. ¡Y, al parecer, querían llevarse a los niños con ellos!

Dos pequeños habían visto a los parrandistas y se acercaban corriendo al centro de la calle barrosa para ver mejor el espectáculo.

Agatha abrió la puerta de par en par y salió a la acera, cojeando.

– ¡Perry! ¡Clydel! -les gritó a los chicos de diez años-. ¡Volved a casa enseguida! ¿Me oís?

Los dos se acercaron y miraron a la señorita Downing, que señalaba con el dedo hacia el extremo de la calle.

– ¡Enseguida, dije, o se lo contaré a vuestras madres!

Perry White se volvió hacia el amigo Clydell Hottle con expresión desdichada en la cara pecosa:

– Es la vieja señorita Downing.

– ¡Oh, no!

– Mi madre le compra sombreros.

– Sí, la mía también -se lamentó Clydell.

Dirigieron una última mirada curiosa a la dama desnuda del cuadro, se volvieron a desgana y se fueron a casa arrastrando los pies.

Mooney Straub, uno de los borrachos del pueblo, alzó la voz entre el populacho y les gritó:

– ¡Esperad a ser mayores, niños!

Risas ásperas acompañaron el comentario, y la indignación de Agatha subió de punto.

Qué gentuza. No eran más que las diez de la mañana, y Mooney Straub casi no se tenía en pie. Ahí estaba también Charlie Yaeger, que tenía esposa y seis hijos viviendo en una choza sólo digna de los cerdos; y el joven hijo de Cornelia Loretto, Dan, que el vecino contrató como crupier del juego de lotería, cosa que avergonzó mucho a la pobre madre; y el cantinero de aspecto feroz, de cabello blanco, espeso, que sólo le crecía en la mitad izquierda de la cabeza; y el pianista negro de ojos vivaces que parecían no perder detalle; y George Sowers, que años atrás se enriqueció en los yacimientos de oro de Colorado, pero que bebió y perdió en el juego toda su fortuna. Y a la cabeza de todos ellos, el responsable de esparcir semejante plaga en el umbral de Agatha: el hombre al que todos llamaban Scotty.



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