Agatha se instaló en los escalones de entrada a la taberna y esperó que la brigada del ejército de Satán se abriese paso entre el barro primaveral. Cuando llegaron a la barra para atar los caballos, Agatha abrió los brazos:

– ¡Señor Gandy, protesto!

LeMaster Scott Gandy levantó una mano para detener a sus seguidores.

– Deteneos aquí, muchachos. Parece que tenemos compañía.

Se dio la vuelta lentamente y alzó la vista hacia la mujer que se cernía sobre él como un ángel vengador. Estaba vestida de un gris apagado. La falda de pliegues a la austríaca, enlazada atrás, estaba muy apretada de adelante atrás. El polisón sobresalía hacia arriba como la columna vertebral de un gato erizado. Llevaba el cabello peinado hacia atrás en un severo moño que tenía la apariencia de provocarle un eterno dolor de cabeza. Los únicos toques de color eran las manchas rosadas en las mejillas blancas y tensas.

Con una sonrisa en la comisura izquierda de la boca, Gandy se quitó el sombrero Stetson de copa baja con gesto perezoso.

– Buenos días, señorita Downing -dijo, arrastrando las palabras con acento sureño, que olía a magnolia.

La mujer puso los brazos en jarras:

– ¡Señor Gandy, esto es un escándalo!

El sujeto continuó con el sombrero levantado, sonriendo de costado:

– Dije «buenos días», señorita Downing.

Aunque una mosca zumbó junto a su nariz, Agatha no movió un párpado.

– No son buenos días, señor, y no fingiré que lo son.

Gandy volvió a calzarse el sombrero sobre el cabello renegrido, sacó una bota del barro, la sacudió y la apoyó en el escalón más bajo.

– Bueno… -pronunció, sacando un puro del bolsillo del chaleco, y guiñando los ojos hacia el cielo azul de Kansas. Luego, miró a Agatha con los ojos entrecerrados-. Salió el sol. Ha dejado de llover. Pronto llegará el ganado. -Mordió la punta del cigarro y la escupió al barro-. Yo llamo a eso un buen día, señora. ¿Y usted?



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