
Después de presenciar el altercado al otro lado de la calle, la señorita Wilson se volvió hacia un hombre de barba rojiza con mostacho engominado que estaba junto a las puertas vaivén del Hoof and Hora Saloon. Estaba vestido con una camisa de rayas rojas y blancas, con bandas elásticas en las mangas, sobre unos brazos enormes que tenía cruzados sobre el pecho macizo, que se sacudía cada vez que reía. De la mata roja que rodeaba la boca, emergía la punta de un cigarro apagado.
– El nombre de esa mujer… ¿cuál es, por favor? -preguntó Drusilla Wilson, con formalidad.
– ¿Quién? ¿Ella?
Riendo otra vez, indicó a Agatha.
Sin participar de la diversión, Drusilla asintió.
– Ésa es Agatha Downing.
– ¿Y dónde vive?
– Ahí mismo. -Se quitó el resto del cigarro y señaló con la punta-. Encima de la sombrerería.
– ¿Es la dueña?
– Sí.
Drusilla echó un vistazo a la lamentable figura al otro lado de la calle y murmuró:
– Perfecto.
Alzó la maleta con una mano, se sujetó las faldas con la otra, y caminó por las piedras que cruzaban la calle. Pero se dio la vuelta otra vez hacia el hombre de la barba rojiza que aún sonreía contemplando a Agatha que intentaba librarse del barro.
– ¿Y su nombre, señor?
El sujeto le dedicó una sonrisa de dientes marrones, encajó otra vez el cigarro en la boca pequeña y respondió:
– Heustis Dyar.
La mujer alzó una ceja y miró el cartel que lucía en el falso frente del edificio, encima de la cabeza del hombre:
– ¿Y es usted el dueño de Hoof y Horn?
– Así es -respondió, orgulloso, deslizando los pulgares bajo los tirantes y proyectándolos hacia afuera-. ¿Quién pregunta?
Con un breve gesto de la cabeza, la mujer respondió:
– Drusilla Wilson.
– Drus… -Se sacó el cigarro de la boca y dio un paso hacia ella-. ¡Eh, espere un momento! -Con el entrecejo fruncido, se volvió hacia el cantinero que apoyaba los antebrazos en las puertas vaivén-. ¿Qué está haciendo ella aquí?
