Tom Reese se encogió de hombros.

– ¿Y yo cómo sé qué está haciendo aquí? Supongo que crear problemas. ¿Acaso no es eso lo que hace en cada sitio al que va?

Eso era lo que hacía Drusilla Wilson ahí, y mientras se acercaba a su «hermana» caída en el lodo, rogaba que fuesen Heustis Dyar y el dueño de Gilded Cage los primeros en sufrir el impacto de su llegada.


Agatha tenía gran dificultad en levantarse. Otra vez, la cadera. En los mejores momentos, no podía confiar en ella; en los peores, era inútil intentarlo. Atascada en el barro frío y pegajoso, le dolía y no lograba levantar el peso de la mujer. Aunque se balanceó hacia adelante, no pudo ponerse de pie. Cayó hacia atrás, con las manos enterradas hasta las muñecas, y deseó ser de la clase de mujer que echa maldiciones.

Una mano enfundada en un guante negro se extendió hacia ella.

– ¿Puedo ayudarla, señorita Downing?

Agatha levantó la vista y vio unos fríos ojos grises que se esforzaban por ser simpáticos.

– Drusilla Wilson -anunció la mujer a modo de presentación.

– ¿Drus…?

Estupefacta, Agatha miró maravillada a la mujer.

– Vamos, levántese.

– Pero…

– Tome mi mano.

– Oh… claro… claro, gracias.

Drusilla aferró la mano de Agatha y la ayudó a levantarse. Agatha hizo una mueca y se apretó la cadera izquierda con una mano.

– ¿Está lastimada?

– No, sólo en mi orgullo.

– Pero está cojeando -advirtió Drusilla, mientras la ayudaba a subir los escalones.

– No es nada. Por favor, se manchará el vestido.

– Me he manchado con cosas peores que lodo, señorita Downing, créame. Desde cerveza hasta estiércol de caballo, me han arrojado de todo. Un poco de limpio barro de Dios será un alivio.

Pasaron juntas por la puerta de la Gilded Cage. Adentro, ya sonaba el piano y se filtraban risas, únicos sonidos que perturbaban la apacible mañana de abril. Las dos mujeres caminaron hasta la tienda vecina, en cuyo escaparate se leía en brillantes letras doradas: Agatha N. Downing, Sombrerera.



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