– Eso es una obviedad. Enséñeme su arma.

El hombre dejó al descubierto la sobaquera en la que llevaba una pistola similar a la que empuñaba Clayton.

– ¿Me permite enseñarle también mi identificación? -preguntó.

– Luego. Llevará otra de refuerzo, ¿no? ¿En el tobillo, quizás? ¿O en el cinturón, a la espalda? ¿Dónde está?

El hombre sonrió de nuevo.

– A la espalda. -Se levantó lentamente el faldón de la chaqueta y dio media vuelta, mostrándole una pistola automática más pequeña que llevaba enfundada, al cinto-. ¿Satisfecho? -inquirió-. Por favor, profesor, vengo por un asunto oficial…

– «Asunto oficial» es un eufemismo maravilloso que puede aplicarse a varias actividades peligrosas. Ahora, levántese las perneras. Despacio.

El hombre suspiró.

– Vamos, profesor. Déjeme enseñarle mi identificación.

Por toda respuesta, Clayton le hizo una seña con la pistola, para conminarlo a obedecer. El hombre se encogió de hombros y se remangó primero la pernera izquierda, luego la derecha. La segunda reveló una tercera funda, que en este caso contenía un puñal de hoja plana.

El hombre sonrió una vez más.

– Toda protección es poca para alguien de mi profesión.

– ¿Y qué profesión es ésa? -quiso saber Clayton.

– Pues la misma que la suya, profesor. Me dedico a lo mismo que usted. -Vaciló por unos instantes, dejando que otra sonrisa se le deslizara por el rostro como una nube por delante de la luna-. La muerte.


Jeffrey Clayton señaló con la pistola un asiento de la primera fila.

– Puede enseñarme su identificación ahora -dijo.

El visitante de la sala de conferencias se llevó la mano cautelosamente al bolsillo de la chaqueta y extrajo una cartera de piel sintética. Se la tendió al profesor.

– Tírela aquí y luego siéntese. Póngase las manos detrás de la cabeza.

Por primera vez, el hombre dejó que la exasperación asomara a las comisuras de sus ojos, y casi al instante la disimuló con la misma sonrisa burlona y desenfadada.



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