El hombre sonrió.

– Habrá leído sobre Ross y su innovadora investigación relativa a los cromosomas anómalos, ¿no? ¿Y qué me dice de Finch y Alexander y el estudio de Michigan sobre la composición genética de los asesinos compulsivos?

– Estoy familiarizado con ellos -dijo Clayton.

– Claro que lo está. Usted fue ayudante de investigación de Ross, la primera persona que él contrató cuando se le concedió una asignación federal. Y tengo entendido que usted escribió en realidad el otro artículo, ¿verdad? Ellos firmaron, pero usted realizó el trabajo, ¿no? Antes de doctorarse.

– Está usted bien informado.

El hombre empezó a acercarse a él, bajando despacio por los escalones de la sala de conferencias. Clayton alineó la mira situada en la punta de la pistola y la sujetó firmemente con ambas manos, en posición de disparar. Advirtió que el hombre era mayor que él, de entre cincuenta y cinco y sesenta años, y tema el cabello entreverado de gris y muy corto, al estilo militar. Pese a su corpulencia, parecía ágil, casi ligero de pies. Clayton lo observó con ojos de deportista; el hombre no serviría como corredor de fondo, pero resultaría peligroso en distancias cortas, pues seguramente era capaz de alcanzar velocidades considerables durante lapsos breves.

– Avance despacio -le indicó Clayton-. Mantenga las manos a la vista.

– Le aseguro, profesor, que no soy una amenaza.

– Lo dudo. El detector de metales se ha disparado cuando ha entrado usted.

– De verdad, profesor, que no soy yo el problema.

– Eso también lo dudo -replicó Jeffrey Clayton, cortante-. En este mundo hay amenazas y problemas de toda clase, y sospecho que usted encarna unos cuantos. Ábrase la chaqueta. Sin movimientos bruscos, por favor.

El hombre se había detenido y se encontraba a unos cinco metros de él.

– La educación ha cambiado desde que yo estudiaba -comentó.



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