Decidió que necesitaba un vaso de agua. Se puso de pie y se dirigió a la pequeña cocina. Había un vaso limpio puesto a secar junto al fregadero. Ella le echó hielo y lo llenó de agua del grifo, que tenía un sabor ligeramente salado. Se tapó la nariz con los dedos y pensó que era uno de los inconvenientes menores de vivir en los Cayos Altos. Los mayores inconvenientes eran el aislamiento y la soledad.

Se detuvo en el vano de la puerta, con la mirada fija en la hoja de papel, al fondo de la habitación, y se preguntó por qué esa nota en particular le quitaba el sueño. Oyó a su madre gemir y revolverse en la cama, y supo en el acto que la mujer mayor estaba despierta antes de oírla hablar.

– Susan, ¿estás ahí?

– Sí, madre -respondió ella despacio.

Fue a toda prisa a la habitación de su madre. En otro tiempo, allí había habido color; a su madre le gustaba pintar, y durante años había tenido sus cuadros apilados contra las paredes, y sus pinturas, sus vestidos y pañuelos exóticos, vaporosos y multicolores caprichosamente desperdigados o colgados en un caballete. Sin embargo, todo eso había cedido el paso a bandejas de medicamentos y un aparato de respiración asistida, y se encontraba arrumbado en armarios, reemplazado por signos de decrepitud. A ella le parecía que la habitación ya ni siquiera olía a su madre, sino a antisépticos, a recién fregado. Era un sitio limpio, desinfectado y lúgubre donde morir.

– ¿Te duele? -preguntó la hija. Se lo preguntaba siempre, pese a que conocía la respuesta y sabía que la madre no respondería la verdad.

La mujer mayor se esforzó por incorporarse.

– Sólo un poquito. No estoy muy mal.

– ¿Quieres una pastilla?

– No, no hace falta. Estaba pensando en tu hermano.

– ¿Quieres que lo llame y te ponga con él?

– No, sólo conseguiríamos preocuparlo. Seguro que está muy ocupado y necesita descansar.

– Lo dudo. Yo creo que preferiría hablar contigo.



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