
– Bueno, mañana, tal vez. Estaba soñando con él. Y contigo también, cielo. Soñaba con mis hijos. Ahora él tiene que dormir. Y tú también. ¿Qué haces levantada?
– Estaba trabajando.
– ¿Ideando otro concurso? ¿De qué será esta vez? ¿De citas, de anagramas? ¿Qué clase de pistas piensas dar?
– No, no se trata de algo mío. Estaba trabajando en un acertijo que alguien me ha enviado.
– Tienes tantos admiradores…
– No es a mí a quien admiran, mamá, sino los pasatiempos.
– No tendría que ser así. Deberías dejar que reconocieran tu mérito, en vez de esconderte.
– Tengo muchas razones para usar un seudónimo, mamá, ya las conoces.
La mujer mayor se recostó sobre su almohada. No era tanto la vejez como la enfermedad la que había hecho estragos en ella. Tenía la piel flácida, colgante en torno al cuello, y el cabello suelto desparramado sobre las sábanas blancas. Aún tenía la cabellera de color castaño rojizo; su hija la ayudaba a teñírsela una vez por semana en un rito que ambas esperaban con ilusión. A la mujer mayor apenas le quedaba vanidad; el cáncer se la había arrebatado casi por completo. Aun así, no había renunciado a teñirse el pelo, y su hija se alegraba de ello.
– Me gusta el nombre que elegiste. Es sexy.
– Mucho más sexy que yo -dijo la hija con una carcajada.
– Mata Hari. La espía.
– Sí, pero no fue la mejor. La pillaron y la fusilaron.
A su madre se le escapó una risotada, y su hija sonrió, pensando que, si encontrara otras maneras de hacerla reír, la enfermedad no se extendería tan rápidamente.
La mujer mayor volvió la vista hacia arriba, como buscando un recuerdo en el techo.
– ¿Sabes? Hay una historia que leí en un libro cuando era pequeña -dijo con entusiasmo-. Según ésta, antes de que el oficial francés diese al pelotón de fusilamiento la orden de disparar, Mata Hari se desabrochó la blusa y se quedó con los pechos al aire, como retando a los soldados a estropear aquella perfección…
