
La madre cerró los ojos por unos instantes, como si le costase evocar aquello, y la hija se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano.
– Pero aun así dispararon. Qué triste. Hombres tenían que ser, supongo.
Las dos mujeres sonrieron juntas por un momento.
– No es más que un nombre, mamá. Un buen nombre para alguien que hace pasatiempos para revistas. La madre asintió con la cabeza.
– Creo que me tomaré esa pastilla -dijo-. Y mañana podemos llamar a tu hermano. Le haremos preguntas sobre los asesinos. Quizás él sepa por qué esos soldados franceses obedecieron la orden de disparar. Seguro que tendrá alguna teoría. Eso será divertido. -La madre tosió al soltar una carcajada.
– Estaría bien. -La hija alargó la mano hacia una bandeja y abrió un frasco de cápsulas.
– Quizá dos -apuntó la madre.
La hija vaciló y acto seguido dejó caer dos píldoras sobre su mano. La madre abrió la boca, y ella le colocó con delicadeza las pastillas en la lengua. A continuación, la ayudó a incorporarse y acercó su propio vaso de agua a los labios de la mujer mayor.
– Sabe a rayos -comentó la madre-. ¿Sabes que cuando yo era joven podíamos beber directamente de los arroyos de las Adirondack? Nos agachábamos y recogíamos con la mano el agua más transparente y fresca a nuestros pies para llevárnosla a los labios. Era espesa y pesada; beberla era como comer. Estaba fría; preciosa, clara y muy fría.
– Ya. Me lo has contado muchas veces -respondió la hija con suavidad-. Eso ha cambiado. Como todo. Ahora, intenta dormir. Necesitas descansar.
– Aquí todo es tan caliente… Siempre hace calor. ¿Sabes?, a veces no distingo entre la temperatura de mi cuerpo y la del aire que nos rodea. -Hizo una pausa y al cabo añadió-: Sólo por una vez me encantaría volver a probar esa agua.
La hija le bajó la cabeza hasta apoyársela sobre la almohada y esperó mientras los párpados le temblaban y finalmente se le cerraban. Apagó la lámpara de la mesita de noche y regresó a su habitación. Miró en torno a sí por un momento, deseando que hubiera en ella objetos que no fueran sólo corrientes, de uso práctico o tan inhumanos como la pistola que la esperaba sobre la mesa de su ordenador. Le habría gustado que hubiese algo revelador de quién era ella o quién quería ser.
