
Había tarifas precisas para individuos, para grupos, para consultas especiales; estaban fijadas las tarifas por los libros de apoyo, por asistencia y enseñanza, así como el pago por sesiones de familia y por seminarios de terapia de penas conyugales. La mayoría de las sucursales regionales eran pequeñas, estaban situadas en edificios bajos, en donde también se hallaban empresas de productos quirúrgicos y laboratorios de radiología. Tales edificios eran por lo común los primeros de los complejos que, pese a estar planificados al detalle, nunca terminaban de materializarse por entero. Pammy había visitado unos cuantos a fin de recabar información, y las fotos que sacaba para incluir en sus folletos tenían que ser recortadas con todo esmero para eliminar los solares sin construir, la tierra apisonada, las malas hierbas. Había sido una idea originalmente suya: el World Trade Center resultaría una sede absolutamente inusual para un negocio como aquél. Pero cambió de opinión con el paso del tiempo. ¿Dónde, si no, almacenar todas aquellas penas? Alguien había anunciado que un buen día la gente ansiaría dar con un medio para codificar sus emociones. Se necesitaría, para entonces, una estructura administrativa. Equipos de conductistas organizados en las cloacas, de acuerdo con una nueva marca de futurismo basada en procedimientos nuevos. A Pammy, las torres le parecían algo provisional. Seguían siendo meros conceptos, no por su desmesurado volumen menos transitorios que cualquier distorsión rutinaria de la luz. Que las cosas aún parecieran más fugaces era algo concomitante con el hecho de que el espacio de las oficinas de Gestión del Duelo fuese continuo objeto de redistribución. Los operarios sellaban algunas zonas con nuevos tabiques, abrían otras zonas, cambiaban de sitio los archivadores, llevaban las sillas rodantes y las propias mesas de acá para allá. Era como si se les hubiera indicado que ajustasen