
– Oye, déjame dormir.
– Mira, mira. Te lo digo en serio. Tal cual. Lo que quiero decir es que estamos aquí observando en la intimidad y el confort de nuestro dormitorio y ellos tienen un loft y una cámara y todo eso se exhibe porque así es la ley. Nada más ver una cámara se desnudan. Antes, la gente saludaba agitando la mano.
– Vale.
– Aquí mismo. Aquí mismito, damas y caballeros. Vean cómo juguetean los osos panda con sus caquitas. La bomba, es la bomba.
Pammy tenia una de esas sonrisas que dejan al aire las encías superiores. Alguien le dijo alguna vez que eso era conmovedor. En sus movimientos más complicados, al llevar un paquete o al sortear a los vagabundos en la calle, mostraba una torpeza, una falta de aplomo tales que era como si una ovación cerrada la devolviera a sus años de juventud. Tenía la cara fina y estrecha, el cabello lacio y de un rubio moderado. A la gente le gustaban sus ojos. Asomaba en ellos una presencia que parecía a veces dar un salto, sobre todo en el momento de los saludos. Era animada en la conversación, muy gesticulante, propensa a interrumpir a su interlocutor, a adelantarse y a clavar los ojos en la boca del otro, repitiendo con sus propios labios, a veces, el ritmo de las palabras ajenas. Tenía un cuerpo firme y recto, que podría haber pasado por el de una nadadora. A veces no se identificaba con su propio cuerpo.
Trabajaba para una empresa llamada Consejo de Gestión del Duelo. No era un juego de palabras: con el epígrafe de Duelo se designaban los sufrimientos mentales graves, el remordimiento más profundo, la angustia extrema, las penas agudas y similares aflicciones y trastornos. El número de empleados oscilaba a veces radicalmente, de un mes a otro. En sus folletos, cuyo texto escribía Pammy, Gestión del Duelo era descrita como una serie de organizaciones amplias y nutridas, crecientes, de servicios personales, cuyas clínicas, material impreso y asesores capacitados estaban al servicio de la comunidad en sus esfuerzos por entender y asimilar los trastornos del ánimo.
