
Las conversaciones que mantenía consigo mismo cuando viajaba por un túnel sujeto a una correa colgante del techo. Todos los patrones ceremoniales, las tareas domésticas del alma. Todo eso era mucho más revelador, según creía, que cualquier variación sobre el incesto rutinario. Aumentó el ruido en el parqué al aparecer Xerox en pantalla. Mensajeros -masculinos y femeninos- flirteaban en pleno tránsito de un lugar a otro. Los restos de papel se acumulaban. Probablemente, creer que todo el mundo sabe lo que uno está pensando no fuera un sentimiento insólito entre niños ya de cierta edad y entre adolescentes. Te pongo en el centro de las cosas, aunque de un modo pasivo y aterrador. «Lo saben, pero no lo muestran.» Cuando el ritmo aflojó un poco se acercó a la zona de fumadores, detrás del puesto 1. Allí estaba Frank McKechnie
, fumando con avidez un cigarrillo.
– No estoy de humor.
– Yo tampoco.
– Es la decadencia total.
– ¿De qué me estás hablando? -dijo Lyle.
– Del mundo exterior.
– Ah, ¿todavía sigue ahí? Creí que lo habíamos negado con absoluta eficacia. Creí que ése era el resultado final.
– Yo voy por ahí y sólo veo máscaras mortuorias. Éste, el otro, el de más allá. Mi mujer ha empezado a hacerse pruebas. Le toman muestras de tejido de la axila. Mi hermano también está ahí fuera, con sus llamadas de teléfono. Estoy viendo visiones, Lyle.
– Pues no vayas a casa.
– Tengoentendido que la gente como tú tenéis algo que ver últimamente. -¿De qué se trata?
– El nuevo secreto de Zeltner. Tengo entendido que anda y que habla que no veas.
– Yo todavía no he ido por allí esta semana.