
– El no va más. De morirse, tengo entendido. Ojalá pudieras verificarlo y asi me lo cuentas. Tengo que sobrevivir de alguna manera. No estoy de humor para lo que se cuece ahí fuera. Mañana va a hacerse más pruebas. Los putos médicos dicen que podría ser un cáncer.
– A ver si comemos juntos un día de éstos.
Pammy consideraba los ascensores del World Trade Center como «sitios». No sin cierto desdén morboso se preguntaba: «¿Cuándo llega este sitio a la planta 44?» O: «¿No es sólo cuestión de tiempo hasta el día en que este sitio se quede atascado y yo me quede dentro?» Los ascensores en principio debían ser recintos. Aquellos eran demasiado grandes, la verdad, para encajar en tal descripción. También contaban con distintas puertas para entrar y salir, lo cual sin duda era rasgo propio más de los sitios que de los ascensores.
Si los ascensores eran sitios, los vestíbulos eran «espacios». Tenía la sensación de que era necesario el empleo de términos abstractos ante tan tiránica grandeza. Cuatro veces al día se encontraba reducida, progresivamente jibarizada, al atravesar esa moqueta entre morada y azul. Espacios. Localizaciones indefinidas. Posiciones consideradas como sí algo las ocupase.
Desde las oficinas de Gestión del Duelo contempló la tierra ganada al mar, los muelles, las extremidades occidentales de las calles anónimas. Incluso desde tal altura detectaba la intensidad henchida, una fuerza lenta y sin rumbo fijo. Ascendía por el aire, las almas de los vivos.
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Lyle se afeitaba simétricamente, procediendo con un segmento de la mitad izquierda de la cara, luego con el segmento correspondiente de la mitad derecha. Tras cada una de las series izquierda-derecha, la espuma que le quedase la distribuía por igual.
Al cruzar las calles por la mañana, Pammy iba atenta a los coches que avanzaban a sus espaldas y que de pronto aparecían en su campo visual, obligándola a detenerse cuando giraban a uno u otro lado. La ciudad funcionaba según principios intimidatorios. Ella lo sabía y procuraba estar alerta, procuraba que no le invadiera el miedo al cruzar por delante de un parachoques que avanzaba en medio del denso tráfico peatonal.
