La tercera mujer está sentada al fondo del compartimento. Come anacardos que se mete en la boca y acompaña con un ginger ale. Tiene cuarenta y pocos años, viste con indiferencia. Nada más sabemos acerca de ella.

Sin auriculares, claro está, los que se encuentran en el bar del piano no son capaces de oír la banda sonora de la película que se proyecta. Luz de primera hora, algo de neblina, superficies bruñidas por la humedad. Al desaparecer el último de los rótulos de los créditos, la banderola que señala un green a lo lejos ondea ligeramente y aparecen varios hombres, golfistas con toda su parafernalia, por la izquierda de la pantalla.

A tientas, aún sin saber a qué carta quedarse en esos momentos todavía introductorios, el pianista en realidad interpreta una banda sonora característica de una película muda. Es algo que divierte a los demás, aunque sus sonrisas y sus gestos no se dirigen a nadie en concreto, se dejan llevar por la corriente, sin rumbo fijo, como sucede entre los viajeros en los primeros compases del viaje. Sólo la azafata parece molesta por los límites de esa asociación lógica entre música y película. Cierto, la película que ven es en efecto una película muda. Pero ella da la impresión de haber vivido con anterioridad esa misma rutina.

Entre el bar del piano y la pantalla, las hileras de asientos parecen estar desiertas, sin que asome una sola cabeza por los altos respaldos mecánicos. Damos por hecho que allí hay personas sentadas, inmóviles, satisfechas al observar las imágenes que se proyectan.



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