La mujer que está cerca del piano comienza a bostezar de un modo casi compulsivo, un ataque de algo no muy agudo. Bosteza en los aviones como bostezaba (adolescencia) segundos antes de subirse en una montaña rusa o (primera juventud) cuando marcaba el número de teléfono de su padre. Su acompañante, con una brusquedad estilizada, de naturaleza adecuadamente chaplinesca, alza el pie izquierdo por detrás y le propina un leve puntapié en el trasero, acto concebido con tal exquisitez que ella se ríe en pleno bostezo.

Los golfistas siguen caminando en la pantalla, siete u ocho en total, todos ellos blancos, varones, orondos, varios al volante de sus carritos de golf, salvando despacio los baches y las acumulaciones de hierba en fila india. Son de mediana edad y visten esa suerte de ropa deportiva más bien llamativa y descarada que suelen gastar los hombres de los barrios residenciales acomodados en los fines de semana, prendas de colores tan chillones que podrían servir como perfecta ilustración de la estupidez propia de la segunda infancia.

El pianista añade un elemento de suspense a su secuencia sonora. Su rostro, aunque arrugado en torno a los ojos, ha tardado en perder una apariencia de franqueza atractiva, el emblema objetivo de una competencia moral que solemos relacionar con los jóvenes que se dedican a la cerámica o a la investigación submarina.

Superficies húmedas, brisa suave, la neblina que se despeja poco a poco. Los golfistas se apiñan en torno al tee de salida de un hoyo y los integrantes de un improvisado equipo de tres practican por turnos el swing, contorsionando todo el cuerpo al seguir el vuelo de la bola. La ponen lejos, en plena calle, mientras sus compañeros practican también sus swings, uno de ellos (cárdigan amarillo) se coloca la cabeza del palo en el sobaco y finge apuntar con el palo, brevemente, cual si fuera un arma de fuego, un instante totalmente improvisado y ensombrecido por un entorno de actividad circundante.



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