
Cuando estaba en la universidad, las chicas de su pasillo, en el colegio mayor, llamaban «vertidos» a los pervertidos. A cualquier ruido en el bosque, más allá de las ventanas, reaccionaban avisándose unas a otras: «Alerta de vertido, alerta de vertido.» Pammy enfiló la puerta de entrada y atravesó el inmenso vestíbulo, el espacio norte, unida de pronto a miles de personas llegadas de todas las demás aberturas, en especial de las bocas de metro, donde los vendedores ambulantes vendían paraguas colgados de unos ganchos de las instalaciones todavía sin terminar de construir. Habían sido tan bobos como para anunciarse con una rima.
Lyle verificó que llevaba en los bolsillos las monedas, las llaves, la cartera, el tabaco, el bolígrafo y la libreta de notas. Lo hacía unas seis o siete veces al día y lo hacía distraído; sus manos sólo rozaban la superficie de los pantalones y la chaqueta mientras caminaba, después de almorzar, al bajarse de un taxi. Era una rutina que no le exigía una planificación consciente, si bien le tranquilizaba, y eso tenía una importancia suprema, la presencia de sus objetos personales en sus lugares de costumbre. En la cómoda, en su casa, apilaba las monedas. A veces trataba de verificar durante cuánto tiempo era capaz de utilizar una toalla de manos para secarse la cara antes de verse obligado a echarla al cesto de la ropa sucia. A veces se ponía una de las tres o cuatro corbatas cuyo estampado y color en realidad le desagradaba bastante. Las otras corbatas, las buenas, las usaba con tiento; prefería verlas colgadas en el armario. Le producía placer el saber que iban a durar más que las corbatas de menor valía.
Tenía el cabello pajizo y era alto. Era el socio más joven de la empresa. Aunque nunca había usado gafas, siempre aparecía alguien que se empeñaba en preguntarle qué había sido de sus gafas. Algo había en su serenidad, quizás en su prácticamente innegable amaneramiento, que daba a entender lo apropiado de que llevara gafas. Alguien, uno de los mismos que se empeñaba en saber de sus gafas, al verle sacar un cigarrillo del paquete, sacudiéndolo, le preguntaba cuándo había empezado a fumar. A Lyle le dolía en secreto esa falta de atención o de memoria por parte de sus conocidos. Pero él creía que, de algún modo, el fallo era suyo.
