
El coche que doblaba hacia Liberty Street no la arrinconó. Inesperadamente, frenó cuando ella se disponía a cruzar. El conductor llevaba una mano en el volante, la izquierda, e iba sentado con gran parte de la espalda apoyada contra la puerta. Iba mirándola prácticamente de frente; ella avanzaba directamente hacia él. Vio por la ventanilla que llevaba las piernas bien separadas, con el pie izquierdo aparentemente en el freno.
Había posado la mano derecha en la entrepierna y se la frotaba. Ella tuvo una vaga conciencia de que otras dos o tres personas cruzaban la calle. El conductor la miró, luego se echó un vistazo a la mano. Tenía pinta de estar ajetreado, un tanto apresurado incluso. Ella se volvió y atravesó la calle por el centro, con la intención de cruzarla bien por detrás del coche. El hombre aceleró con rumbo este, hacia Broadway.
Rondaban por las calles en coches, y eso era nuevo para ella. Sintió una aguda humillación, un conocimiento inequívoco de haber visto reducida su valía. Comenzó a trazar una línea recta hacia la torre norte, pero sin tener verdadero sentido de la dirección emprendida. Repartía su cólera alrededor. Avanzaba entre enormes manchurrones indiferenciados, campos de cosas sin concretarse. En cierto modo era imposible rechazar esa clase de ofrecimiento. Verlo ya era aceptarlo de una manera automática. Él la había llevado en su coche a una terminal de carga, en la otra orilla del río, donde aparcó cerca de un edificio aislado, con las ventanas rotas. Allí le enseñó su manera de hablar, sus creencias y costumbres, los nombres de su padre y de su madre. Hecho esto, ya no tuvo que ponerle las manos encima. Ya eran el uno parte del otro. Ella lo llevaba encima, como si fuese un escarabajo muerto en su bolso.
