
De espaldas a la cámara, un hombre sale de la maleza y se planta en primer plano, a un centenar de metros de los golfistas. Cuando se vuelve para hacer una señal a alguien, resulta evidente que sostiene un arma en la mano, un rifle semiautomático. Tras hacer la señal vuelve a acuclillarse. Uno de los golfistas escoge un hierro.
Otro hombre sale de los matorrales y se pone en píe. Desconocemos su situación precisa respecto a los demás. Mira a la cámara. A sus espaldas, el bosque. Viste abigarradamente: gorra de béisbol con la visera levantada, chaleco desgastado, de cachemira, camisa de trabajo, cinturón cuartelero, pantalones blancos con las perneras por dentro de unas botas altas. Le atraviesan el pecho dos cananas en bandolera. Lleva un Enfield recortado.
La lente de largo alcance enfoca a un hombre y una mujer de pie sobre una pequeña colina. Más acordes graves. Acumulación de la fatalidad. A esa distancia parecen recortados en el cielo, inmóviles, los dos con sus rifles. Otra mujer, en un plano mucho más corto, se encuentra sola en uno de los bunkeres de arena que jalonan la calle, descalza, con una camiseta de tirantes y unos pantalones de gamuza. Tiene una pierna doblada y carga todo el peso en la otra, la izquierda. Sostiene un machete apoyado en el hombro derecho.
El pianista se desplaza sobre la banqueta y se encarama un poco para ver mejor la pantalla, sin que se le extravíen los dedos del teclado. El primero de los terroristas comienza su larga carrera por la calle.
La mayor parte de lo que sucede a continuación ocurre a cámara lenta. Se ve correr uno por uno a los terroristas, que salen a campo abierto y avanzan hacia los golfistas. Por su juventud, por su atuendo desaliñado, de vaqueros y cuero, por sus carreras, no dejan de representar una especie de lírico interludio.
