El cartelón tenía un metro de largo por medio de alto, escrito a mano por ambos lados, con mensajes de corte político. Los que a esa hora holgazaneaban, la mayoría sentados en la escalinata del Hall, estaban demasiado absortos en los transeúntes para prestar al hombre y su rótulo -a fin de cuentas, una imagen conocida- más que un somero vistazo. Ahí, en el distrito, los hombres aún se congregaban con solemnidad para mirar boquiabiertos a las hembras. Trabajar en medio del rugir del dinero, creían, les daba ese derecho.

Lyle se encontraba ante la puerta de un restaurante, limpiándose las uñas con un mondadientes que había tomado de un platillo cuando pagó la cuenta. Por grato que fuera, ya no almorzaba en el club de la Bolsa, restringido a los miembros y a sus invitados, bien gestionado, aseado, cómodamente situado como estaba, con camareros tan capaces que a uno lo conocían por el nombre, tan amables las atenciones del personal de los lavabos que no parecía exigirle el menor esfuerzo, prestos con las toallas, eficaces en su imperceptible forma de cepillarle a uno el traje, negros de verdad, pese a quedar tan a mano con un acceso directo en ascensor desde el parqué. Vio al anciano del rótulo de pie a pleno sol, con los brazos en alto, una mano temblorosa. Luego se concentró en la muchedumbre que salía a almorzar o volvía a trabajar tras el almuerzo, preguntándose si de algún modo que se le escapaba se había convertido en un ser demasiada complejo para disfrutar de un almuerzo decente en un entorno acogedor y atractivo, servido, a un minuto del parqué, por camareros tan razonablemente simpáticos.

Al otro lado de Broadway, algunas manzanas al norte, Pammy estaba en el vestíbulo del lucernario de la torre sur del World Trade Center, luchando contra el gentío que la alejaba de las puertas de uno de los ascensores rápidos.



9 из 184