
– Eres Pam, ¿no?
– No te… ¿Qué?
– Soy Jeannette.
– La verdad es que no.
– Del instituto.
– Jeannette.
– ¿Cuántos años hace?
– Del instituto, Jeannette.
– No te culpo por no acordarte. La de tiempo que…
– Me parece que ya me acuerdo.
– Trabajas aquí, ¿verdad? Aquí trabaja todo el mundo.
– Se supone que bajaba.
– ¿Aún te acuerdas? Jeannette, la amiga de Teresa y de Geri.
– Entonces me acordaba.
– Hace una pila de años, ¿no?
– No me dejan entrar, no me van a dejar.
– Pero… ¿no te encanta este sitio? Tendrías que ver cómo voy a la cafetería. Un ascensor general primero y luego el rápido. Y luego el rápido de subida. Y después las escaleras mecánicas, si consigues llegar sin que te arranquen la piel a tiras.
– Sin que te la arranquen de cuajo, lo sé.
– ¿Trabajas para el Estado?
– No, es que me he equivocado de torre.
Pammy y Lyle ya no salían mucho. Antes sí dedicaban mucho tiempo a descubrir nuevos restaurantes. Se desplazaban hasta los confines más remotos de la ciudad, almorzaban en pequeñas madrigueras fluviales, pegada a las vías de acceso a los puentes, o bien en restaurantes de familia de los barrios más alejados, pues su decoración neutra, y su alejamiento, eran señal de una autenticidad inequívoca.
