A la mención de Johnny y los Anacondas, Peter aprovechó la oportunidad para meterse conmigo. Si hubiera sabido que yo trabajaba con criminales violentos, no habría permitido a Petra acercarse a menos de treinta kilómetros de mí.

– Comprendo -dije cuando empezó a chillar-, pero observa la hora que marca la cámara de vigilancia. Parece que Petra estuviese esperando que Tessa, mi compañera de local, la escultora, ya sabes, se marchara. Entre la salida de Tessa y la llegada del trío hay un intervalo de diez minutos. Tessa se marcha, Petra teclea el código y entra con esos dos vándalos.

– Vic, las coincidencias existen -dijo Rachel, tratando de mantener la calma-. ¿Cómo quieres que Petra conozca a gente de esa calaña? En mayo se graduó en la universidad, no ha vivido nunca en Chicago y ahora trabaja en una oficina del centro de la ciudad con otros veinteañeros. Es una chica de clase media del Medio Oeste que no ha visto a un criminal en su vida y que no lo reconocería si lo viese. No digo que sea culpa tuya, pero eres tú la que conoce a pandilleros y gente de ese tipo, no Petra. Por favor, entrega tus expedientes al FBI o a Bobby Mallory. Investigarán a todas las personas que hayan hablado contigo.

– Bobby estuvo anoche en mi oficina -expliqué.

Bobby se había abierto paso entre los policías que se amontonaban en la entrada y me había encontrado metida debajo del escritorio, mirando si mi prima había perdido algo más, aparte de la pulsera. A pesar de que ya han trabajado para él muchas mujeres eficientes, descubrirme en el escenario de un crimen todavía le produce sarpullidos.



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