
Las horas siguientes transcurrieron entre la ambulancia, el servicio de urgencias y el ingreso en el hospital. Querían saber muchos detalles de él, pero yo no lo conocía, sólo era un indigente que llevaba años vendiendo periódicos en aquel trecho de West Town. De su vida personal sólo había mencionado que había perdido a su mujer cuando se dio a la bebida. Nunca habló de hijos y aquélla fue la primera vez que aludía a Vietnam. Había sido carpintero y, de vez en cuando, todavía le salían trabajillos por horas. En cuanto a los antecedentes médicos, no pude ayudar al hospital en el papeleo. Era un indigente. Esperaba que tuviera el carné verde que le permitía el acceso a los servicios sanitarios de la ciudad, pero no lo sabía.
Quería regresar a la oficina. Había estado fuera dos meses y medio y tenía esperándome una montaña de papeles más alta que los picos del Himalaya, pero no me apetecía marcharme hasta que hubiera algún diagnóstico o resolución sobre el estado de Elton. Al final, transcurrieron dos horas hasta que un médico interno, que tenía a su cuidado muchos más enfermos de los que podía atender, salió a informarme. Y lo hizo porque yo no había dejado de insistir a las enfermeras sobre su crisis, pidiendo oxígeno y que le controlaran el corazón, que hicieran algo. Me contó que había recuperado el sentido mientras estaba en la camilla, pero que tenía la piel fría y pálida y el pulso todavía muy débil.
Una mujer de treinta y pocos años, que parecía ocuparse de un anciano negro, me dedicó una torcida sonrisa la tercera vez que me acerqué al mostrador.
– Es difícil, ¿verdad? Ha habido demasiados recortes de personal. No pueden ocuparse de todos los pacientes que les llegan.
