
– Ayer regresé de una larga estancia en Europa -dije, asintiendo- y todavía no me he adaptado a nuestros husos horarios y nuestro sistema sanitario.
– ¿Es hermano suyo? -preguntó al tiempo que señalaba la camilla de Elton.
– Es un sin techo que se ha desplomado a la puerta de mi oficina.
La mujer frunció su boca de capullo de rosa.
– ¿Quiere que me ocupe de buscarle un albergue, si consiguen estabilizarlo? Tengo amigos en algunos de los establecimientos para indigentes -dijo.
Asentí y le di las gracias. Finalmente, el interno, que no parecía tener edad suficiente para ser universitario, y mucho menos médico de un hospital, se acercó a la camilla. Le preguntó a Elton cuánto bebía, cuánto fumaba y cómo dormía. Le auscultó el corazón y ordenó que le hicieran un electroencefalograma, un electrocardiograma y un ecocardiograma. Y que le suministraran oxígeno.
– Tiene arritmia -me dijo el interno-. Hemos de determinar el grado de gravedad. Beber y vivir en la calle se cobra un precio.
Elton me sonrió y me presionó débilmente los dedos entre los suyos, manchados de nicotina.
– Váyase, Vic. Aquí me tratarán bien. Gracias por… Bueno, ya sabe, que Dios la bendiga y todo eso.
Sacó un viejo carné de color verde de un bolsillo interior y supe que no lo pondrían de patitas en la calle. Volví a la oficina en taxi y no me quité a Elton de la cabeza, pero lo puse en un rincón. Me sentía agotada del viaje y había estado tanto tiempo fuera, que el período de descompresión antes de volver al trabajo tendría que ser forzosamente corto.
Había estado en Italia con Morrell y habíamos alquilado un bungalow en Umbría, en las montañas, cerca de la casa donde mi madre había vivido de niña. Morrell se había recuperado de las heridas de bala que dos años antes casi lo habían matado en el Khyber Pass. Quería probar las piernas, ver si ya estaba a punto para volver a ejercer el periodismo en primera línea del frente, y anhelaba regresar a Afganistán, a pesar de que en ese país y en Irak habían muerto más de trescientos periodistas desde que empezáramos nuestra guerra eterna.
