
¡PERO YO NO LO HICE!
Al cabo de unas horas intenté retractarme de mi confesión, en vano. El abogado de oficio sólo vino a verme tres veces antes del juicio; tampoco llevó a cabo ninguna investigación, ni llamó a testigos que me habrían situado en algún otro lugar cuando se cometió el crimen. Un jurado integrado por blancos oyó los testimonios y me condenó tras una hora de deliberación. Les llevó otra hora proponer la pena de muerte. El juez blanco dictó sentencia y me calificó de animal al que habría que sacar de la sala y matar a tiros.
Ahora llevo tres años en el corredor de la muerte. Tengo la esperanza de que los tribunales anulen la sentencia, pero puede que tarden muchos años. ¿Puede usted ayudarme? Otros presos me han dicho que ha escrito editoriales condenando la pena de muerte. Yo soy un hombre inocente que se enfrenta a la pena máxima a causa de un sistema racista que ha conspirado contra mí. Prejuicio, ignorancia y maldad me han puesto en esta situación. Por favor, ayúdeme.
He escrito más abajo los nombres de mi nuevo abogado y de los testigos. También he puesto su nombre en mi lista de visitas autorizadas, por si decide venir a hablar conmigo.
Una cosa más. No sólo soy inocente de los cargos que se me imputan, sino que además le puedo dar el nombre del asesino.
A la espera de su respuesta,
ROBERT EARL FERGUSON
N.° 212009
Prisión estatal de Florida
Starke, Florida
Cowart tardó unos instantes en asimilar el contenido de la carta. La releyó varias veces, intentando ordenar sus impresiones. Era evidente que el hombre sabía expresarse, que era culto y educado, pero los presos que se declaraban inocentes, en especial los del corredor de la muerte, eran la norma más que la excepción. Siempre se había preguntado por qué la mayoría de los hombres, incluso en la hora de su muerte, se aferran a un halo de inocencia.
