– Un periodista del Journal -dijo Hawkins.

– ¡Eh, periodista! -exclamó el muchacho con una repentina sonrisa.

– ¿Qué?

– Escribe que yo no hice nada -dijo, y soltó una carcajada hasta quedarse casi sin aliento, tan estrepitosa que hizo eco detrás de Cowart.

Aquella risa quedó congelada en su memoria mientras Hawkins lo conducía al exterior, de vuelta al ajetreado amanecer.

Después de lo ocurrido, Cowart se había ido a su despacho a escribir la historia del joven ejecutivo, su esposa y el adolescente. Había descrito las sábanas blancas arrugadas y ensangrentadas, y las rojas salpicaduras que hacían de las paredes un espectáculo dantesco. Había escrito sobre el vecindario y la elegante casa, sobre un diploma que colgaba enmarcado en la pared acreditando la pertenencia de la víctima a un club de subastas de categoría, sobre sueños aburguesados y la tentación del sexo prohibido. Había descrito el extrarradio de Fort Lauderdale, donde los niños hacían excursiones nocturnas de placer para alejarse cada minuto más y más de su juventud, y había descrito los ojos del muchacho, para fulminarlos en su artículo como su amigo le había pedido que hiciera.

Había terminado la noticia con las palabras del muchacho.

Aquella misma noche, de regreso a casa con una copia de la primera edición bajo el brazo y su historia ocupando la portada, había notado un agotamiento que iba más allá de la falta de sueño. Luego se había metido en la cama, para acurrucarse tiritando junto a su esposa a sabiendas de que ella planeaba dejarle, incapaz de hallar calor en el mundo.

Cowart sacudió la cabeza tratando de disipar el recuerdo de aquella mañana, y miró en torno a su cubículo.

Ahora Hawkins estaba muerto. Lo jubilaron con una pequeña ceremonia, le dieron una pensión, y dejaron que pusiera fin a su vida con un enfisema.



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