– Descuida, lo haré -dijo Cowart.

– De acuerdo.

El detective se encogió de hombros y luego se irguió. Echaron a andar hacia la puerta principal, pero cuando estaban a punto de entrar Hawkins insistió.

– ¿Estás seguro? Son gente como tú y como yo. No lo olvidarás jamás.

– Vamos.

– Matty, por una vez escucha el consejo de un viejo.

– Venga ya, Vernon.

– Entonces, allá tú y tus pesadillas -dijo el detective, y en eso tenía toda la razón.

Cowart recordó haber mirado fijamente al ejecutivo y su esposa. Había tanta sangre que era casi como si estuvieran vestidos. Cada vez que se disparaba el flash del fotógrafo de la policía los cuerpos destellaban por un instante.

Sin mediar palabra, siguió al detective hasta la cocina. El muchacho estaba allí sentado; llevaba zapatillas de deporte y vaqueros, el delgado torso desnudo, y tenía un brazo esposado a una silla. Vetas de sangre tatuaban su cuerpo, pero a él no le importaba y con la mano libre fumaba un cigarrillo sin inmutarse. Eso le daba aspecto de más joven aún, un niño que quiere pasar por mayor y más duro para impresionar a la policía cuando, en realidad, lo único que logra es parecer un poco más imbécil. Cowart vio en su cabello rubio una salpicadura de sangre que le enmarañaba los rizos, y una mancha de sangre reseca en su mejilla. Ni siquiera le crecía barba.

Levantó la mirada cuando Cowart y el detective entraron en la cocina.

– ¿Quién es ése? -preguntó, señalando a Cowart con la cabeza.

Por un momento, Matthew clavó sus ojos en los del muchacho. Eran azules e infinitamente malvados, y parecían mirar el filo acerado del hacha de un verdugo.



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