
A veces pensaba que cuando su esposa logró la custodia de su hija, la vida había perdido todo el color. Satisfacía sus propias necesidades con el deporte (los diez kilómetros al día de rigor en un parque del centro, algún partido de baloncesto improvisado en la YMCA) y el trabajo en el periódico. Se sentía poseedor de una considerable libertad, aunque le preocupaba tener tan pocos compromisos.
El viento, que seguía soplando fuerte, agitaba las tres banderas de la entrada principal del Miami Journal. Se detuvo un momento para contemplar el impasible edificio amarillo. En la fachada figuraba el nombre del periódico estampado en enormes letras rojas de neón. Era un lugar famoso, conocido por su dinamismo y su poder. Por el otro lado, el periódico dominaba la bahía. Desde allí podía ver cómo las aguas embravecidas rompían contra el muelle donde se descargaban enormes rollos de papel de prensa. En cierta ocasión, mientras estaba en la cafetería comiendo un sándwich, había divisado una familia de manatíes que retozaban en el agua, a no más de diez metros del muelle de carga. Sus lomos marrones emergían en la superficie y luego desaparecían bajo las olas. Buscó a alguien a quien comentárselo, pero no encontró a nadie; durante los días siguientes, pasó la hora de comer observando la cambiante superficie turquesa en busca de los animales. Eso era lo que le gustaba de Florida: parecía sacada de una selva, que siempre amenazaba con apoderarse de la civilización para devolverlo todo a un estado primigenio. El periódico no dejaba de publicar historias sobre caimanes de tres metros y medio que se quedaban atrapados en las vías de acceso a la interestatal e interrumpían el tráfico. Aquellas historias le encantaban: una bestia primitiva contra una bestia moderna.
Cowart apuró el paso para franquear la puerta giratoria de entrada a la redacción del Journal, y saludó a la recepcionista, que quedaba medio escondida tras la consola del teléfono.
