
Blanco y delgado, llevaba su nombre y dirección escritos en mayúscula y con trazo fuerte. En la esquina había un remite: un apartado de correos de Starke, en el norte de Florida. «La prisión estatal», pensó.
La colocó encima de las otras cartas y se dirigió a su despacho, maniobrando entre las mesas, saludando con la cabeza a los pocos periodistas que habían llegado temprano y que ya hacían trabajar los teléfonos. Saludó con la mano al redactor jefe, que leía la última edición con los pies apoyados en su mesa del centro de la sala. Luego traspuso unas puertas que había al fondo de la sala de redacción, en las que se leía EDITORIAL. Se hallaba a medio camino de su cubículo cuando oyó una voz cercana.
– Ah, nuestra estrella llega temprano. ¿Qué te trae ante la multitud? ¿Nervioso por los conflictos de Beirut? ¿Desvelado por el programa de reactivación económica del presidente?
Cowart asomó la cabeza por un tabique.
– Buenos días, Will. Sólo quería usar la línea de larga distancia para llamar a mi hija. Las preocupaciones profundas e inútiles te las dejo a ti.
Will Martin soltó una risita y se apartó de la cara un mechón de pelo cano, con un movimiento más propio de un niño que de un adulto.
