Él compartió su risa.

– Tengo que irme -repitió la niña.

– Vale. Te quiero y te echo muchísimo de menos.

– Yo también. Adiós.

– Adiós -dijo, pero ella ya había dejado el teléfono.

Se hizo otro silencio hasta que su ex esposa cogió el auricular. Él habló primero.

– ¿Una merendola con futbolistas?

Siempre había querido odiar al hombre que lo había suplantado, odiarle por su profesión de abogado especializado en derecho de sociedades, por su aspecto, bajo y fornido, con la constitución de quien a la hora de comer levanta pesas en un gimnasio de los caros; quería imaginar que era cruel, un amante desconsiderado, un pésimo padre adoptivo, un inepto cabeza de familia; pero no era nada de eso. Poco después de que su ex esposa le anunciara su inminente boda, Tom voló a Miami (sin decírselo a ella) para encontrarse con él. Tomaron unas copas y comieron juntos. El propósito era turbio, pero, al acabar la segunda botella de vino, el abogado le dijo con franqueza que no estaba intentando ocupar su lugar de padre y que, como tenía que vivir con su hija, haría todo lo posible porque ella correspondiera a su padre con cariño. Cowart le creyó, sintió una extraña especie de alivio y satisfacción, luego pidió otra botella de vino y se convenció de que su sucesor le caía más o menos bien.

– Es por el bufete de abogados. Son copatrocinadores del United Way de Tampa; por eso vinieron los jugadores. Becky se quedó bastante impresionada, claro que Tom no le dijo cuántos partidos ganaron los Bucs el año pasado.

– Ahora lo entiendo.

– Ya. La verdad es que son los hombres más grandes que he visto en mi vida -dijo Sandy, riendo.

Se produjo una pausa.

– ¿Y tú cómo estás? ¿Qué tal Miami? -preguntó ella al cabo.

– Hace frío, y eso vuelve loco a todo el mundo. Ya sabes cómo es, nadie tiene un abrigo de invierno ni calefacción en casa. Todos tiritan y enloquecen hasta que vuelve el calor. Yo estoy bien, encajo bien aquí.



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