Ana de Austria, todavía no repuesta del apasionado romance con el irresistible duque de Buckingham, no veía en ello el menor inconveniente: no amaba a su esposo y detestaba a Richelieu. Dio carta blanca a su querida Chevreuse. Por su parte, Gastón d'Anjou

—Sí —repitió—. Hace meses que temo lo que finalmente ha sucedido hoy. El Gran Prior y mi esposo se han comprometido con Monsieur y los príncipes de sangre al negarse a admitir que son príncipes legitimados y que se les pudiera tratar con menos miramientos que a los demás.

Rogó luego a los presentes que la dejaran conversar un momento en privado con el obispo de Nantes. Únicamente su primogénito fue autorizado a quedarse. François tendió la mano a su hermana para llevársela, no sin protestar:

—¿Por qué Mercoeur sí y nosotros no?

—Eres demasiado joven, François. Cuatro años más cuentan mucho, tu hermano es ya casi un hombre.

Elisabeth no dijo nada, pero su aire ofendido dejó ver claramente que pensaba lo mismo:

—¡Vamos, François! Iremos a ver cómo sigue tu hallazgo.

Cuando todo el mundo hubo salido, la duquesa extrajo un rosario de un bolsillo disimulado en su vestido de terciopelo gris y lo sostuvo con firmeza en las manos, como si se aferrara a él para no caer.

—Ahora que estamos solos, amigo mío, contadme algo más, porque os confieso que no entiendo cómo se ha llegado al extremo de arrestar a mi esposo y a su hermano por esa ridícula historia del matrimonio de Monsieur, en el que únicamente les tocaba el papel de espectadores.

El obispo le dirigió una mirada de amistad y simpatía. El valor y la fe de aquella mujer aún joven siempre le habían impresionado, y la compadecía por haberse desposado con un hombre cuyo orgullo y ambición le empujaban a arrojarse en medio de todos los avisperos.

—Hay hechos más graves, señora duquesa... que vos ignorabais. Por el contrario, el Gran Prior estaba situado en el primer plano.



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