PRIMERA PARTE


La niña de los pies descalzos


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El sello de lacre rojo


El cielo se oscurecía. Lanzado al galope, el joven jinete dirigió una mirada de rencor a la nube negra instalada encima de su cabeza desde que salió del castillo de Sorel. Si no hubiese sido tan buen cristiano, habría levantado el puño, pero eso habría sido ofender a Dios, y un chiquillo de diez años no podía permitírselo, aunque se tratara de François de Vendôme, príncipe de Martigues y uno de los numerosos nietos del rey Enrique IV.

Si la tormenta estallara en ese momento, le retrasaría y no contribuiría a mejorar la situación, ya muy comprometida, en que se encontraba. Sin embargo, sabía los riesgos que corría al marcharse de Anet sin avisar —¡él mismo se había ensillado el caballo!—, y las consecuencias de su escapada eran fáciles de adivinar. La única esperanza de evitarlas era que su regreso pasara inadvertido. Llegar después de la alarma que provocaría el aguacero sería una verdadera catástrofe porque su preceptor, Monsieur d'Estrades, no permitía bromas con la disciplina: François recibiría una tunda. Estaba preparado para ello, pero siempre era preferible ahorrarse unos cuantos correazos. Por no mencionar la acogida que le dispensaría la duquesa, su madre...

Le preguntaría de dónde venía y, como él todavía no sabía mentir, lo diría. El castigo llegaría después, pero en ese momento habría de sufrir su mirada severa, tanto más penosa porque pesaría sobre él en silencio y le daría plena conciencia de haber decepcionado a una madre a la que quería y admiraba hasta el punto de considerarla casi una santa. Sin embargo, había desobedecido con pleno conocimiento de causa, porque hay casos en los que una persona se ve obligada a elegir entre el deber y los impulsos del corazón.



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