El impulso de François lo atraía desde hacía ya tiempo hacia el castillo de Sorel, pero ese día la atracción se había vuelto irresistible: el muchacho acababa de enterarse de que la pequeña Louise sufría una enfermedad cuyo nombre no recordaba, pero de la que era posible morir o quedar desfigurado. Una idea insoportable para aquel enamorado de diez años: ¡tenía que ir a verla!

Había conocido a la pequeña Séguier el 14 de marzo, unos días antes del comienzo de la primavera. Cada año por aquellas fechas se celebraba una misa de acción de gracias en la abadía benedictina de Ivry, en memoria de la victoria obtenida por el rey Enrique IV sobre las tropas del duque de Mayenne. Los Vendôme en pleno asistían al oficio sin atender al hecho de que la duquesa, nacida Françoise de Lorraine-Mercoeur, contaba al vencido entre sus parientes. Así lo quería el duque César, hijo mayor del gran rey y de la arrebatadora Gabrielle d'Estrées. Naturalmente, todas las familias de alguna importancia que habitaban en la región consideraban un deber estar presentes. También la de un rico consejero del parlamento de París, Pierre Séguier,

Y con toda razón: nadie podía ver a aquella chiquilla de seis años sin sentir ganas de abrazarla o al menos de sonreírle. Fresca, sonrosada y delicada como una rosa silvestre, tenía un precioso cabello rubio y rizado que la cofia de terciopelo azul —¡del mismo azul que sus grandes ojos!— apenas conseguía mantener en su lugar. Dócilmente sentada junto a su madre, mantuvo durante toda la larga ceremonia los ojos bajos, fijos en el rosario de marfil entrelazado en sus deditos. Sólo por un instante volvió la cabeza como si se sintiera observada, alzó la vista hacia el muchacho y le sonrió. Una sonrisa amplia, hermosa, que él devolvió con usura pero que no escapó, ay, a la observación de Madame de Vendôme, de bastante mal humor ese día en que debía desempeñar el papel de cabeza de familia en una ceremonia que no la entusiasmaba.



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