—¡La ambición, señora duquesa, la ambición!

—Y... ¿qué ha sido de Monsieur?

—Para asegurarse de no ser molestado, se ha apresurado a denunciar a todos los participantes en el complot, e incluso ha prometido casarse con Mademoiselle de Montpensier en cuanto el rey lo disponga.

—¡El muy infame! ¿Y qué hará el rey ahora que tiene en su poder al gobernador de Bretaña?

—Marcha a Nantes con el fin de consolidar su autoridad sobre la provincia... y de impartir su justicia.

—¡Misericordia! ¡En bonito apuro nos hemos metido! ¿Qué consejo podéis darme, monseñor?

—Es difícil de decir. Tal vez lo mejor sería poneros a resguardo con vuestros hijos en alguna de vuestras tierras...

—Madre —interrumpió Louis—, ¿y si vamos todos a postrarnos de rodillas ante el rey?

—¿Para pedir perdón de qué? —exclamó ella—. Vuestro padre no se ha movido de su puesto...

—Es posible participar a distancia en una conspiración —continuó el obispo—. Preparando posiciones de repliegue, incitando a Bretaña a sublevarse, reclutando tropas...

Françoise de Vendôme no respondió de inmediato. Oía todavía, en el fondo de su memoria, la voz de César diciendo que esperaba no volver a ver a sü hermano el rey más que en pintura. ¿Una broma, o bien...?

—Voy a partir —decidió—, y vos me acompañaréis, monseñor, puesto que seguís siendo el obispo de Nantes, a donde se dirige el rey. Una vez sobre el terreno, podré tomar mejor mis disposiciones...

—¿Iré con vos, madre?

—No. Decid a vuestro preceptor que quiero verle.


Momentos después, Monsieur d'Estrades recibía la orden de conducir, la mañana siguiente, a sus dos alumnos y su hermana a Vendôme, donde, bajo la triple protección de las murallas, una ciudad leal y la fortaleza —sin contar a sus defensores—, estarían mucho más a resguardo de eventuales sorpresas que en un amable palacio abierto a todos los vientos. En Anet sólo quedaría el personal necesario para el mantenimiento.



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