Él era de origen bretón. A los diez años se convirtió en paje de la duquesa de Mercoeur, madre de Madame de Vendôme, y luego ocupó el puesto de escudero de su hija, con no poca satisfacción porque adoraba los caballos. Además, el cargo le dispensaba de verse envuelto en la barahúnda de un ejército siempre dispuesto a perseguir a un enemigo que, en aquella época agitada, cambiaba con frecuencia. Eso no quiere decir que fuera cobarde. Manejaba la espada como un virtuoso, pero prefería con mucho la pluma, y era un gran aficionado al estudio de la historia, la geografía, la astronomía, la literatura y la música; tocaba el laúd y también la guitarra, que le había enseñado un tránsfuga español. De un ingenio a menudo cáustico, era un mozo de buena estatura cuyo aire soñoliento, con los párpados casi siempre semicerrados, ocultaba una mirada particularmente penetrante.

Su primer encuentro con Chiara se remontaba a ocho años atrás. Él tenía entonces diecinueve y carecía de experiencia en la pasión amorosa, pero quedó fulminado a la vista de aquella exquisita estatuilla de mármol coronada por un cabello negro y brillante, con unos ojos oscuros tan grandes que parecían una máscara colocada sobre su rostro delicado. Sucedió durante una fiesta celebrada en Anet, y a partir de entonces efectuó frecuentes visitas a los Valaines sin informar de ello a la duquesa. Siempre era recibido en La Ferrière como un amigo fraternal, sobre todo después de la muerte del barón. De modo que, cuando poco antes vio a la pequeña Sylvie en un estado tan penoso, su corazón se llenó de aprensión. Si no hubiera llegado tan de inmediato la orden de Madame de Vendôme de enviarlo en busca de noticias, él se habría precipitado por su cuenta a la casa de Chiara sin pedir permiso.



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