Cuando con su criado Corentin Bellec y su tropa cruzó el antiguo puente levadizo, la noche era muy oscura y el silencio total. Ni una luz, ni un fuego encendido en el castillo, en las cocinas o en la graciosa residencia renacentista que Perceval conocía tan bien. Sin embargo, a la luz de las antorchas que llevaban, Raguenel pudo distinguir el cuerpo de una mujer que los cascos de su caballo habían estado a punto de pisotear. Desmontó y, de rodillas ante ella, reconoció a Richarde, la nodriza de Sylvie. Una gran herida cruzaba su espalda, y al volverla Perceval encontró entre sus dedos una pequeña cinta azul similar a la que había visto atada a los bucles rizados de la pequeña. Richarde había debido morir protegiendo a la niña, que luego se había escurrido de sus brazos para correr hacia lo desconocido con su muñeca.

Mientras, los hombres exploraban el interior de la mansión. Uno de ellos, su criado, volvió a la carrera:

—¡Es espantoso, señor! No hay nadie vivo en la casa. Los servidores, los niños... todos han sido asesinados.

—¿Y Madame de Valaines?

Corentin dirigió a su amo una mirada en la que brillaba algo parecido a la piedad.

—Venid —dijo—. Pero os prevengo que os hará falta valor.

Al franquear la puerta baja y bellamente decorada con florones de la mansión, Raguenel notó que el olor dulzón de la sangre se le aferraba a la garganta; y en efecto, había sangre por todas partes: una decena de cuerpos acuchillados yacían en las diferentes estancias, pero el mayor horror le aguardaba en el dormitorio de la castellana. El espectáculo era tan macabro que, espantado, en el primer momento tuvo el impulso de huir de allí: en medio de un caos de muebles volcados y rotos, de almohadones y colchones despanzurrados, yacía Chiara, casi desnuda y degollada.



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