
—Lo haré lo mejor que sepa, pero de todos modos debajo está la quemadura de la cera caliente...
—Es evidente. Necesitamos una navaja barbera.
Iba a salir cuando apareció uno de los hombres que le habían acompañado.
—¿Qué hacemos, señor? No podemos dejar a estos infelices a merced de las alimañas. Además llegan los días de calor y...
—¡Buscad sábanas, mantas, todo lo que pueda servir de mortaja! ¡Traed a los niños aquí, junto a su madre, y esperadme! Vuelvo al castillo a informar a la duquesa y recibir órdenes de ella. Regresaré con un cura, el magistrado del principado y todo lo necesario para que estas pobres gentes sean enterradas cristianamente.
Antes de salir, Raguenel dejó que sus ojos se posaran por última vez sobre la que tanto había amado, y que se llevaba con ella los recuerdos más tiernos de su juventud. De haber sido un personaje más importante, no habría dudado en pedirla en matrimonio, pero no tenía nada que ofrecerle, salvo un gran amor y un nombre sin tacha. Por más joven que fuese, supo en ese momento que ninguna mujer podría hacerle olvidar su sonrisa, su mirada de terciopelo, la gracia de su persona en los menores gestos. Le quedaba el recuerdo y una amarga sed de venganza. Nada le apartaría de su búsqueda: aunque tuviese que viajar hasta los confines de la tierra y el mar, buscaría al omega asesino y, cuando lo encontrase, ningún poder humano le libraría de su brazo. Después, pensaría en hacer las paces con Dios, porque está escrito que la venganza únicamente le pertenece a Él; no faltaban los monasterios a los que podría ir a enterrarse... Mientras tanto, necesitaba reflexionar, buscar, investigar el pasado tan breve de aquel lirio florentino arrancado de la manera más brutal... Y de súbito le pareció oír, en el fondo de sí mismo, una voz débil y dulce que imploraba:
