Su vestido alzado y desgarrado, sus piernas separadas revelaban con claridad que, antes de asesinada, había sido violada. Los ojos de la joven estaban aún abiertos de par en par al martirio que había sufrido. La expresión que se habían llevado a la eternidad reflejaba espanto y dolor. Para colmo de horrores, habían impreso en su frente, sin duda como señal de diabólica posesión, un sello de lacre rojo en el que únicamente se leía la letra griega omega.

Raguenel dejó escapar una risa seca, mucho más triste que un sollozo:

—Mira, Corentin, esto no ha sido obra de un salteador de caminos cualquiera o de un sicario acostumbrado a las matanzas en masa... ¡El verdugo es un hombre culto! Lee el griego, e incluso lo escribe. ¿Por qué omega? ¿Es una inicial elegida con una intención galante o bien el final de algo en la gran tradición cristiana: la omega de no sé qué alfa? ¡Pero no estoy dispuesto a que un ángel lleve en la tumba ese signo de infamia!

Sacó su daga y, arrodillado sobre los escalones del lecho, intentó despegar el sello, pero el lacre estaba muy pegado y sus manos temblaban. Corentin intervino:

—Deberíais dejarme a mí, señor. No es ése el modo de despegar el lacre. Se necesita una hoja muy fina, la de una navaja de afeitar, que se pone a calentar. Luego, cuando la cera se ha reblandecido, se desliza con suavidad un pelo de crin de caballo. Muy suavemente, para no estropear nada.

—¿Dónde has aprendido eso?

—Con los benedictinos de Jugon. Cuando me tomasteis a vuestro servicio, no os oculté que me había escapado. Allí me cogió cariño el padre Anselmo, que tenía pasión por los manuscritos, las cartas y esa clase de cosas. Fue él quien me enseñó a leer y escribir. También me enseñó cómo actuar cuando se quiere conservar intacto un sello. Si no se hace así, se rompe en pedazos...

—Sería hacerle más daño a ella —protestó Perceval, con los ojos fijos en la joven muerta—. Pero, quiero conservar ese lacre. Es el testimonio del martirio de una inocente y tal vez me lleve hasta el asesino. A éste, me propongo enviarlo a los infiernos para reunirse allí con sus semejantes. ¡Intenta quitar ese horror sin herirla, mi Corentin!



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