
La decisión de acudir en su ayuda se le había ocurrido de inmediato. Sin embargo, después de un rato empezó a preguntarse si su intervención no conduciría a otra cosa que a exponerla al fuego cruzado de la cólera del rey y el rencor de su ministro. Ahora bien, en ese momento era la única persona adulta de la familia —su turbulenta cuñada Catherine, duquesa d'Elbeuf, apenas merecía ese título— que disponía de libertad de movimientos. Si la arrestaban también a ella, sus hijos, tan jóvenes aún, quedarían sin más defensa que sus servidores. Criados fieles sin duda, oficiales de honor demostrado, pero pese a todo extraños de los que no podía saberse cómo reaccionarían ante las amenazas que seguramente pesarían sobre ellos. ¿Sabrían defender contra inconfesables codicias su fabuloso patrimonio: el Vendômois y la villa fortificada que le daba nombre; Anet, Chenonceau, Verneuil, Ancenis, La Ferté-Alais, el gran hôtel de Vendôme en París, y tantos otros bienes?
Después de sentarse en uno de los sillones tapizados de seda azul con galones de plata, la duquesa dejó reposar su cabeza fatigada en un almohadón y contempló las pinturas del techo, cuyo tema era la Noche; el personaje principal era la diosa Diana, a la que iban a despertar el genio de la caza y sus lebreles favoritos. La estancia había sido un nido de amor, como lo indicaban en distintos lugares del castillo las iniciales H y D
François e deseaba desde siempre un dormitorio distinto a aquel templo de caricias, pero era la habitación mejor decorada, la designada para la castellana, y César quería que fuera la de su mujer.
—¿Por qué no habrías de encontrarte a gusto aquí, amiga mía? —decía riendo—. ¡Tú también eres encantadora! ¡Un poco gazmoña quizá, pero mucho más joven!
