¡César! ¡Cómo si no conociera el poder de su atractivo sobre la altiva princesa lorenesa que tanto le había costado desposar! Su matrimonio, decidido en la más estricta tradición de las uniones principescas, había acabado por convertirse en un problema tremendamente complicado. En 1598, Enrique IV había obtenido para su hijo César, de cuatro años de edad en aquel momento, la mano de Mademoiselle de Mercoeur-Lorraine que tenía seis. No fue fácil: el duque de Mercoeur se resistía tanto más a dar a su hija por cuanto le exigían por añadidura que revirtiera en su yerno el gobierno de Bretaña, que había desempeñado durante mucho tiempo. Pero el joven César había sido legitimado y reconocido como heredero, y ya se anunciaba que el rey Enrique iba a casarse con su madre, la deslumbrante Gabrielle d'Estrées, ennoblecida con el título de duquesa de Beaufort. No era tan mal negocio casar a su hija con un futuro rey... Pero, ay, pocos días antes de la boda y de la coronación, la bella Gabrielle murió debido a una crisis de eclampsia que más de uno juzgó providencial. Y César cayó desde su rango de heredero al de simple bastardo.

Mercoeur se hizo matar en la guerra contra los turcos bajo las banderas del emperador Rodolfo II, y Enrique IV pensó que la viuda del héroe, que se había instalado en París, donde construía una enorme mansión y, pegado a ella, un gran convento para capuchinas, estaría demasiado ocupada con sus rezos y obras de caridad para enfrentarse a él y oponerse al matrimonio. Era conocer muy mal a la luxemburguesa.

Enrique IV consideró que la respuesta era una mala excusa, pero de hecho era la estricta verdad: Françoise se había sentido halagada por la perspectiva de ser reina de Francia pero no quería oír hablar de César de Vendôme, un chicuelo de catorce años (ella tenía dieciséis) que, según decían, era turbulento, brutal, y sobre todo más inclinado a la compañía de los muchachos que a la de las jóvenes.



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