En cuanto a los muchachos jóvenes de los que le complacía rodearse, no permitió que su mujer siquiera llegara a inquietarse por ellos. La amaba a su manera, y sobre todo adoraba a los tres espléndidos hijos que ella le había dado y que consolidaron una unión más feliz de lo que cabía esperar. La alegría de César, su gusto por el lujo, su bravura insensata, hacían de él un compañero tanto más atractivo por cuanto era capaz de apreciar el carácter más grave de una mujer a la que llamaba «mi querida Prudencia».


La idea de su arresto inquietaba a François. Él era un hombre de grandes espacios, de tempestades, de carreras contra el viento, también de batallas y de grandes reuniones de camaradería al regreso de la caza. Si amaba tanto Bretaña, es porque en ella había descubierto una tierra parecida a su propio corazón: salvaje, orgullosa y grandiosa. ¿Cómo imaginar a un hombre así entre las cuatro paredes de un calabozo, esperando Dios sabe qué juicio inspirado por el odio y la parcialidad? Porque César nunca —François lo habría jurado sobre la memoria de su madre— había ni siquiera contemplado la idea de atacar a su hermano el rey. El hombre al que odiaba era Richelieu, y Richelieu le devolvía ese sentimiento con usura. Por desgracia, el cardenal-ministro era el más fuerte de los dos.

—Tengo que librarle de este mal paso —se repetía la duquesa—. Pero ¿cómo? ¿Por qué medio?

Aunque no pensaba que el hombre de la sotana púrpura tuviese la audacia necesaria para pedir la cabeza de un príncipe de sangre, no estaba lejos de verse a sí misma, con sus hijos, vestidos todos de negro, yendo a arrodillarse al gabinete del ministro para implorar su clemencia. Una imagen contra la cual se rebelaban su conciencia de raza y su orgullo de mujer. Sabía, sin embargo, que para salvar a su César sería capaz de llegar hasta ese extremo.



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