
—¡Secad esas lágrimas, prima! —dijo a la duquesa—. He hecho que instruyera a mi hijo una persona de confianza, y creo que nos dará total satisfacción.
También César se había echado a reír al volverse hacia su joven esposa, más muerta que viva:
—Vamos, señora, ¡hay que dar gusto al rey... y a nosotros mismos! —dijo alegremente. Y sin preocuparse más por el observador, la tomó entre sus brazos. Para su gran sorpresa, también François e se olvidó del indiscreto, que, por lo demás, se retiró de puntillas y corrió las cortinas del lecho...
Hicieron el amor tres veces, con una alegría que daba al acto la apariencia de un juego. François e, entonces muy delgada y poco dotada en atributos femeninos, descubrió que su joven esposo no deseaba que fuera de otra manera. Detestaba a las mujeres exuberantes más aún que a las otras, y para gustarle era preferible tener un cuerpo ligeramente andrógino. De aquella noche de bodas, celebrada con varias semanas de fiestas y regocijo popular, salió una pareja unida por una complicidad, una estima y un afecto que nunca habían de cesar. François e, sostenida por una fe profunda, tuvo la prudencia de contentarse con eso. Descubrió que el corazón de su esposo nunca podría llegar a latir por otra mujer: César había amado demasiado a su madre, la deslumbrante Gabrielle, y ésta lo había dejado fascinado para siempre.
