Cuando él ya iba a salir, le llamó:

—¡Perceval!

—Sí, señora duquesa —dijo él, sorprendido de que le llamara por su nombre de pila; de lo cual dedujo que estaba muy conmovida.

—Hago votos para que volvamos a vernos muy pronto. ¡Rogad a Dios por mí y por el duque César!

—¿Y también por el Gran Prior?

—¡Oh, ése! Son sus locas ideas las que nos han metido en este aprieto... Sin embargo, tenéis razón: hay que rezar también por él. No en vano monseñor de Sales, nuestro querido obispo de Ginebra, ha escrito: «Entre los ejercicios de las virtudes, hemos de preferir el más conforme a nuestro deber, y no el más conforme a nuestro gusto.» ¡Marchad, caballero! Yo voy a ver a mis hijos.

Mientras Perceval se dirigía a cumplir su piadoso deber, la duquesa entró en el aposento de su hija, donde le esperaba un curioso espectáculo: su hijo menor, sentado junto a la cama en la que, con no pocas dificultades, se había conseguido acostar a la pequeña superviviente, tenía en la suya una de las manos de la niña, en tanto que el pulgar de la otra estaba firmemente encajado en la boca. La niña, a la que habían bañado, cambiado de ropa y también alimentado con un tazón de leche y bizcochos, había perdido su aspecto de gatito salvaje y dormía, con la muñeca a su lado. A unos pasos, Elisabeth, sentada en un taburete, con los codos en las rodillas y el mentón apoyado en las manos, observaba el cuadro con una mirada perpleja. Madame de Vendôme intervino:

—Y bien, ¿qué estás haciendo a estas horas, François, en el dormitorio de tu hermana? No es tu sitio. Deja a la pequeña y vete a acostar. Ya ves que está dormida.

Por toda respuesta, el muchacho retiró con cuidado la mano, y de inmediato se abrieron a un mismo tiempo los ojos y la boca de Sylvie, que emitió un grito.



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